Tenía 9 años cuando mi padre me llevaba junto a mis amigos a un club deportivo para practicar alguna disciplina. En realidad no me gustaba hacer ejercicios y pasaba mucho sin hacer nada, odiaba el esfuerzo físico, cansarme, sudar, etc. Pero mi padre siempre insistió en los deportes ya que el practicaba casi todos y siempre se le abrieron las puertas gracias a su habilidad.
- Entra a la piscina y nada unas cuantas vueltas conmigo – Me dijo mi padre.
- Pero ¿para que? es aburrido y no sólo eso, es completamente cansado nadar – Respondí con ánimos de molestar.
- Nadar es muy importante, primero: te puede salvar la vida y segundo, es el deporte completo que no te da ningún otro. – Reclamó mi padre.
Mientras me animaba o no a entrar a la piscina, mi único hermano, que para mi mala suerte nació 8 años antes, me empuja a la piscina sin el más mínimo remordimiento.
- ¿Qué tienes animal? – grito con mucha furia.
- Tienes 5 segundos antes que te alcance y te ahogue – me dice riéndose.
En ese momento, la ira se convirtió en miedo, lo conocía y sabía que era capaz de matarme sólo por diversión. Empecé a nadar desesperadamente, nadando por mi vida a gran velocidad, estoy seguro que nunca había nadado más rápido. Me olvidé del estilo, de la respiración pausada, del equilibrio, de juntar los pies, de estirar los brazos, de todo lo que mi padre en muchos años me enseñó. Nade muy rápido sin mirar atrás, sabía que el venía buceando, por debajo de la piscina, para atacarme de una forma vil, sin misericordia, sin compasión, y sobre todo, sin remordimiento por ser su hermano. Continuar leyendo »