Ya en el Aeropuerto caminaba por la puerta de embarque para subir al avión que me llevaría de regreso a la ciudad donde trabajo, fue un genial Adobe en Vivo, pienso. Sobre ese largo camino alfombrado iba pensando en los innumerables adjetivos que esta conferencia dejó en mi mente: impresionante acogida, indescriptible fervor, incansables charlas, sorprendentes expositores, impecable gestión, risueños rostros, emocionantes momentos, sensacional participación de los asistentes, extraordinario calor humano, inquietantes sorteos, exquisitas comidas, ripia sed de licor, espléndidas playas, hermoso cielo azul, majestuosas mujeres, presurosas calles, elocuentes amigos conferencistas avivados por algún brebaje de ensueño, etc, palabras que son resumen de los vibrantes momentos que me llenaron de emoción de saber que se pueden hacer eventos de calidad y que cada vez la comunidad hispana está más unida.
Antes de llegar al aeropuerto salí del hotel Barceló a las tres de la tarde, que por cuatro días nos había alojado junto a Edgar, Erik, Raúl y Michael, disfrutando de esas playas que pueden describirse como el Edén perdido, con un mar tan transparente que sólo podría ser comparado con la pureza del alma de un niño recién nacido, con una temperatura adecuada como para poder disfrutar sobre sus suaves olas, que apenas se elevan y te permitían estar todo el tiempo que quieras sobre sus aguas. Y esa blanca arena traicionera que se regocijaba buscando posicionarse en los sitios más recónditos jamás imaginado, arena tan fina como la de una dama de la más alta clase aristocrática. Sumado a una gran paz, que sólo se puede conseguir cuando dejas de vivir, esa paz que sueña cualquiera que es condenado a esta vida agitada que llevamos. Esa es la playa de Juan Dolio en República Dominicana. Continuar leyendo »