Ese era aquel con el que me gustaba pasear, saber que tan antiguo era y que bien se veia, era un Plymouth 1970 mayor a mi por casi dos décadas, mi padre me lo regaló al día siguiente que había ganado el premio mayor en el hipódromo, se lo compró a un vecino que siempre lo mantenía limpio y conservado. Perteneció a un gerente de alguna empresa que ya no recuerdo, pero que lindo carro realmente, era dorado y de techo negro muy elegante, no conocía mucho del carro pero que lindo corría y me hacia sentir muy comodo y seguro.
Muy bien conservado por fuera, interiormente era de lujo, asientos de cuero muy cómodos y un tablero que de hecho era de la época, una radio a perillas y botones, la antena era eléctrica, todo era perfecto, los cinturones de seguridad eran extraños, solo te sujetaban del estómago y tenían una hebilla plateada.
Recuerdo los largos trayectos que tenía en el carro, sentado contemplaba todo el camino, pensando quizás en mis cosas o simplemente esperando llegar a mi destino, eran buenos tiempos, como me hubiera gustado tener aun ese carro.
Mis amigos me molestaban, no había broma que se diga que el carro no entre a tallar, era el punto de atracción además que era fácil de identificar, pero eso no me molestaba, era feliz sólo con saber que al final del día volvería a estar ahí sentado rumbo a casa.
Se me viene a la memoria que alguna vez mi hermano lo chocó, o bueno, lo chocaron, el se iba a una fiesta y en algún cruce de alguna avenida principal un joven menor de edad paso sin ver e impactó a la altura del motor. El carro de este chico era moderno y como consecuencia quedó destrozado, mi Plymouth sólo tenía que ir al planchado y pintura.
El problema vino cuando mi padre lo vendió, si claro, era un regalo, pero lo vendió, consumía demasiado combustible y en ese tiempo el dinero no abundaba. Lo vendió a un familiar que no conozco, ese día fue el peor para mí, nunca había tenido cariño por algo como aquel carro.
Lo extrañé y aun lo extraño, ese fue mi primer carro, con el que aprendí a manejar y con el que me sentía volar, nunca olvidaré la paz que me daba y lo feliz que era de estar sentado en el. Nunca olvidaré eso, más aun porque a esa edad, 12 años, no tienes regalos más grandes que sólo puedan entrar en tu habitación.